
Al igual que la tormenta azota las calles con látigos de luz y tambores de guerra, en mi interior estalla el sudor de las nubes contra la frágil estructura de cristal que protege mi alma cansada y húmeda.
Son ya muchas las grietas que dejan correr los vientos fríos congelando las espinas que rodean a mi corazón de musgo y piedra, vientos sin piedad hechos para erosionar hasta las montañas más altas y a las rocas más fieras.
De nada sirve intentar escapar, huir de lo invisible es como correr bajo el agua, huir de lo invisible es correr hacia la nada; es luchar contra tu propia sombra al atardecer.
Llega la noche y la ensordecedora batalla no termina. Salpica la sangre, restallan los aceros de luz, gritan las voces rendidas, silencio en el rostro de la derrota y las grietas se convierten en hendiduras horrorosas.
El caos se apodera de mí y el pensamiento se transfigura en enjambre tedioso imposible de gobernar. Es imposible volar bajo una lluvia de plomo que poco a poco va calando de un piso a otro.
No tengo miedo a mojarme, lo que me asusta es no volver a secarme jamás, pudrirme como la madera a la deriva que flota sin un rumbo y sin ideales que la dirijan. Caer en el vacío de la anomia infinita.
Son ya muchas las grietas que dejan correr los vientos fríos congelando las espinas que rodean a mi corazón de musgo y piedra, vientos sin piedad hechos para erosionar hasta las montañas más altas y a las rocas más fieras.
De nada sirve intentar escapar, huir de lo invisible es como correr bajo el agua, huir de lo invisible es correr hacia la nada; es luchar contra tu propia sombra al atardecer.
Llega la noche y la ensordecedora batalla no termina. Salpica la sangre, restallan los aceros de luz, gritan las voces rendidas, silencio en el rostro de la derrota y las grietas se convierten en hendiduras horrorosas.
El caos se apodera de mí y el pensamiento se transfigura en enjambre tedioso imposible de gobernar. Es imposible volar bajo una lluvia de plomo que poco a poco va calando de un piso a otro.
No tengo miedo a mojarme, lo que me asusta es no volver a secarme jamás, pudrirme como la madera a la deriva que flota sin un rumbo y sin ideales que la dirijan. Caer en el vacío de la anomia infinita.


